Cuándo se debe ir a un psicoanalista según expertos


A diferencia de lo que suele ocurrir con una consulta psicoanalítica, de alguna u otra manera, la mayoría de las personas sabe cuándo debe acudir a un médico si la dolencia que sufre es puramente física.

A veces tiene que ver con un ligero malestar corporal o con un pequeña indisposición. También puede pasar por un leve dolor que se prolonga a lo largo de varias jornadas o por la repentina aparición de una erupción o de manchas en la piel, por ejemplo.

Y esta duda comúnmente pasa porque no hay una norma clara que refiera cuándo es el momento indicado de acudir a un psiconalista, ya que un mismo problema puede afectar de manera muy diversa a distintos individuos, por lo que es algo puramente personal.

No hay un momento indicado que refiera cuándo es el momento de ir a terapia. Foto ilustración: Shutterstock.No hay un momento indicado que refiera cuándo es el momento de ir a terapia. Foto ilustración: Shutterstock.

En líneas generales, se podría decir que alguien debe acudir a una consulta psicoanalítica cuando considera que uno o varios problemas obstaculizan su vida, es decir, que generan impedimentos y sensaciones desagradables o plantean dificultades para valorar los aspectos positivos y placenteros.

Desde una perspectiva un poco más estricta a nivel metodológico, esto podría venir de la mano con que algo genera a esa persona la necesidad de hacerse una pregunta que lo interrogue desde un lugar particular.

Ese cuestionamiento es lo que le dará lugar el discurrir discursivo del paciente y será lo que motorizará el análisis en una primera instancia.

Una vez que se da ese paso, del otro lado estará el analista, alguien que podrá escuchar y, a la vez, brindarle la oportunidad al paciente de poder escucharse a sí mismo.

La razón de ser de la terapia

Una terapia apunta a tratar de hacer lugar a ese dolor y a que el psicoanalizado pueda desplegar a través de la palabra ese malestar y, de esa manera, poder desarticular el padecimiento que lo mantiene sujeto a ese punto de sufrimiento.

Existe un concepto, ampliamente extendido en estos tiempos, que indica con cierto prejuicio que cualquier alteración mental es del orden de la locura o de situaciones límite ajenas al control del individuo que las padece.

Con eso como base, solo bajo circunstancias extremas alguien se vería en la necesidad de acudir a un psicólogo o a un psicoanalista. En las demás situaciones, siempre con esa idea como guía, el individuo en cuestión se las puede arreglar solo.

No hace falta llegar a circunstancias extremas para dar el primer paso. Foto ilustración:  Shutterstock.No hace falta llegar a circunstancias extremas para dar el primer paso. Foto ilustración: Shutterstock.

También es frecuente confundir los estados anímicos, como apatía, tristeza o aburrimiento, por ejemplo, con afecciones psíquicas; lo que es equivalente a confundir síntomas con enfermedad o, más claramente, la apariencia con la realidad.

En las enfermedades o afecciones psíquicas, no todos los síntomas corresponden de manera directa y evidente con su causa patológica. En primer lugar, para acudir a la consulta del psicoanalista no es necesario encontrarse enfermo, ni psíquicamente incapacitado.

En definitiva, de acuerdo con lo publicado por el psicoanalista español Ruy Henríquez Garrido, no es necesario esperar a tener un padecimiento concreto para acudir a la consulta del psicoanalista.

El «poder» del análisis

Un analisis ofrece un espacio de escucha, un sitio para cederle la palabra a la persona acude a la consulta y brindarle la verdadera importancia a lo que se tiene para decir.

También implica un encuentro con eso que se puede presentar como inentendible o angustiante para entonces poder ponerlo en palabras. Al contrario de lo que usualmente se piensa, el profesional no es quien sabe de qué se debe hablar ni posee el conocimiento sobre una verdad oculta.

El psicoanalista aporta, en el trabajo conjunto, otro tipo de sabiduría: un saber escuchar. A partir de la escucha es que se puede trabajar sobre la verdad del sujeto, sobre lo que pueda decir de lo que le aqueja, puntualizando ciertas cuestiones que escapaban a la comprensión del paciente.

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