El puerto belga de Amberes se consolida como la gran puerta europea para la cocaína latinoamericana


Décadas de ensayos y errores hicieron que las autoridades españolas consiguieran frenar la entrada de cocaína latinoamericana por sus puertos. A la vigilancia costera se unió un sistema militar de detección y asalto de buques en pleno Atlántico y medios de vigilancia aérea. España pudo, poco a poco, cerrar el agujero por el que las mafias latinoamericanas inundaban de droga Europa.

Cerrada esa época, que tuvo su paroxismo en los años 80 del siglo pasado, cuando aquella droga, abundante y barata, se llevó por delante a sectores de la juventud española, los narcos encontraron poco a poco otras vías hasta que dieron con un agujero negro: el puerto de Amberes, la segunda ciudad belga.

Amberes es de los mayores puertos europeos y es la puerta natural a la importación de productos agroalimentarios desde América Latina para los mercados del norte del continente.

Miles de contenedores cargados de banana ecuatoriana llegan cada año y con ellos entra la droga (también desde otros puertos de América Latina), que convierte a Amberes en la principal falla del sistema europeo antidrogas. La tendencia, que se veía en los últimos informes de la Agencia Europea contra la Droga, se confirmó este último año.

Cantidades récord en 2023

Las autoridades belgas confirman ya que en 2023 incautaron 116 toneladas de cocaína, una cantidad nunca vista en ningún otro puerto europeo.

Los expertos siempre alertan que las incautaciones son una mínima parte de lo que entra, que se hacen prácticamente por suerte porque escanear cada contenedor (sólo se escanean unos pocos de cada buque) crearía tal retraso en la descarga del buque que bloquearía el puerto.

Las autoridades ‘venden’ esa masiva incautación de droga como un éxito, pero no esconden que sólo consigue impedir la entrada a una fracción. La mayor parte de la coca va a otros mercados europeos, pero Bélgica se queda una parte que ha tirado los precios de la droga.

Sumidero de delitos

Amberes, junto con su puerto hermano de Rotterdam, a pocos kilómetros, pero ya en los Países Bajos, se está convirtiendo en un sumidero de delitos. Hasta el punto de que desde la princesa Amalia de los Países Bajos hasta el ministro de Justicia belga tuvieron en el pasado que vivir etapas de soledad.

Además del puerto de Guayaquil, también llegan a Amberes envíos de cocaína principalmente desde Panamá y Colombia, aunque los narcos ecuatorianos están ganando la partida en los últimos años. Eso contribuye a la desestabilización de la seguridad en el país andino.

Un policía de aduanas y un perro entrenado buscan droga entre cajones de fruta en el puerto de Amberes, Bélgica. Foto: AP

Amberes lleva unos pocos años acaparando titulares como destino europeo de la coca latinoamericana. El 10 de marzo de 2021 se puso en marcha la más profunda operación policial belga en tiempos de paz y se logró la mayor incautación de droga de la historia de Europa: 17 toneladas de cocaína en un solo día.

En aquella operación participaron más de 1.500 agentes, que hicieron más de 200 allanamientos de domicilios y empresas, detuvieran a 48 personas y requisaron 1,2 millones de euros en cash. También joyas, autos de lujo, uniformes de policía y decenas de armas.

Aquella operación fue posible porque los agentes penetraron un software de encriptación de comunicaciones, ‘Sky Ecc’, a través del cual tuvieron acceso a más de 1.000 millones de mensajes.

Aquella masiva cantidad de información, que incluía conversaciones entre narcos, dio a los agentes toneladas de información sobre organizaciones criminales de droga, sobre todo las localizadas en las provincias belgas de Amberes y Limburgo. Para la Justicia fue “la mayor operación policial de la historia de Bélgica”. La Fiscalía ya dijo entonces que la operación mostraba cómo “los criminales abusan del puerto de Amberes” y que “la economía legal está siendo secuestrada”.

‘Sky ECC’, una empresa que opera desde Canadá y Estados Unidos, aseguraba hasta el día antes de aquella redada que premiaría con 5 millones de dólares a quien consiguiera piratear su red. Nunca premió a un agente del ciberespionaje belga.



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