La magia del café



Una vez le dije a mi gastroenterólogo: hagamos todo lo posible para que yo no tenga que dejar de tomar café. Me miró como solemos mirar las madres de varios niños a los millennials que se quejan porque no tienen tiempo, continuó escribiendo sus indicaciones, mientras yo seguí mascullando hacia dentro: a mí nadie va a sacarme el café. Después, nos despedimos con una sonrisa mutua y cada uno volvió a lo suyo.

Lo mío, el café. No podía decirle que tomo café cuando estoy cansada, cuando estoy enojada, cuando quiero festejar, cuando termino un texto, cuando me decido a comenzarlo, cuando no encuentro una palabra, cuando me dispersé con las redes sociales y me digo que ahora sí voy a escribir, cuando no sé cómo seguir, después de atender a algún paciente, mientras atiendo, entre un paciente y otro, antes de dormir, para soportar un trabajo aburrido, cuando busco conversar con alguien, cuando no sé qué me pasa, cuando quiero irme del mundo, cuando estoy obligada a regresar.

Cómo podría explicarle que el café, para mí, es un lugar y que -como tal- nunca es seguro. Es decir, ocurre a menudo que aún en el bellísimo café de la vuelta de mi estudio, a la luz del mejor crepúsculo, no consigo el oasis. Porque no se trata del café, sino de la idea. Entonces, pido otro café. Para entenderlo basta con mirar el cuadro de Van Gogh “Terraza de café por la noche”. Hace falta quedarse ahí durante un rato, dejar que los colores hagan su magia.

Los amantes del café entenderán que la noche de verano no tardará en vibrar debajo del paladar, que buscará, imperiosa, ese café.

Una vez más, no es el cuadro, sino el clima que Van Gogh consiguió transmitir. En una carta a su hermana Wil, describe el cuadro y dice, entre otras cosas: “Sé que lo normal es sacar un boceto de la noche y luego pintarlo durante el día, pero a mí me gusta hacerlo en el momento… lo malo es que al trabajar así, con lo oscuro que está, puedo confundir los tonos de los colores… pero es la única manera de acabar con las escenas convencionales de nocturnos con sus pobres y cetrinas luces blanquecinas”.

La esencia del café reside justamente en aquello que permite confundir los tonos de los colores, olvidar las cosas y perseguir las palabras. La magia del café es algo que mi gastroenterólogo podría comprender en el café de la esquina, pero no en su consultorio, y que consiste en buscar el camino equivocado para encontrar el correcto, el propio. Tal como dice Pompeyo Audivert sobre el teatro, en su adaptación unipersonal de Macbeth, se trata de perder el nombre y equivocar el camino. Pienso que Van Gogh estaría de acuerdo. Sobre “Café nocturno”, escribió: “El café es un lugar donde uno puede enloquecer y hasta cometer un crimen”.

Mi gastroenterólogo estaría cerca de pensar que podría tratarse de mi propio crimen, pero cómo podría explicarle que muere antes quien no es capaz de perderse en la magia de un café de Buenos Aires.

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