La rehumanización del que piensa distinto



“Me han llamado muchas veces traidor pero para mí es una muestra de excelencia. Es una medalla que me pongo en el cuello de mi camisa junto a la distinción de la Legión de Honor que me dio el presidente francés Chirac. Tiene más honor estar en el club de las personas a las que llaman traidor que en el de los que nunca fueron llamados así”. De esta manera el gran escritor israelí, Amos Oz, se refería a todas las veces que lo llamaron, o que se consideró el mismo “un traidor”.

En una de sus novelas autobiográficas, “La pantera en el sótano”, Amos Oz cuenta su infancia en Jerusalén, un año antes de la resolución de las Naciones Unidas de 1947, que va a dar origen a la partición de la Palestina bajo dominio británico entre árabes y judíos.

Relata cómo, a sus doce años, se hace amigo de un sargento inglés, y cómo cuando sus amigos se enteran, empiezan a llamarlo traidor, dado que los ingleses eran en ese momento el enemigo contra el cual luchaban.

Posteriormente va a participar, como reservista, en la guerra de los seis días en 1967, y en la guerra de Yom Kippur de 1973. Pese a eso siempre se consideró un amigo de los árabes, sosteniendo el derecho de los palestinos a tener su propio estado, rechazando los fanatismos de ambos lados.

El escritor español Javier Cercas, va a publicar en el 2009 “Anatomía de un instante”, un libro que narra el fracaso del golpe de Estado liderado por militares falangistas, en la España de 1981, a pocos años de la muerte de Franco.

En la apasionante novela histórica relata cómo, en el tiroteo comandado por el teniente coronel Antonio Tejero dentro de la cámara de diputados española, mientras que los legisladores se escondían debajo de las butacas, solo tres de ellos permanecen en pie, El presidente falangista Adolfo Suárez, el vicepresidente, capitán general Manuel Gutiérrez Mellado, y el secretario general del Partido Comunista Español, Santiago Carrillo.

Posteriormente los tres personajes del histórico momento van a “traicionar” los intereses de sus propios grupos : Adolfo Suárez va a abandonar el franquismo, el capitán general Gutiérrez Mellado va a oponerse al golpe militar, y el comunista Santiago Carrillo va a renunciar al Leninismo. Estas tres “traiciones” van a permitir que la naciente democracia española se consolide, y España entre en el concierto de las naciones democráticas de Europa.

El concepto de traidor está indisolublemente ligado a la construcción del fanatismo. El fanático necesita que sus ideas, o sus creencias, se impongan a los demás y siente como un ataque hacia su persona cuando alguien piensa de manera diferente, cree en otro dios que el suyo o vota otro partido político.

Pero mucho más grave es para el fanático, cuando alguien que “debería” estar de su lado no piensa como él. Es más “tolerable” el “enemigo”, del cual puede diferenciarse claramente, que el que está a su lado y piensa distinto. Cuanto más cercano, más fuerte es la “traición”.

Por eso cuando De Gaulle, héroe de los nacionalistas franceses, decidió otorgar la independencia de Argelia, intentaron asesinarlo. Por eso cuando Rabin se reunió con Arafat para lograr la paz lo acusaron de traidor y lo asesinaron.

Por eso después que Sadat fue al parlamento de Israel, en un desfile militar en El Cairo un grupo de soldados atentó contra su vida. Cuando Lincoln abolió la esclavitud fue considerado un traidor por muchos norteamericanos, y uno de ellos lo asesinó.

Cuando Gorbachov implementó las reformas que terminaron con la URSS, fue considerado un traidor y sufrió varios intentos de golpes de estado.

Fanatismo y traición son dos primos hermanos que se realimentan, creando un clima de intolerancia destructiva, que construye un velo sobre las realidades y los verdaderos problemas que nos aquejan, y que debemos resolver.

Las “grietas” argentinas tienen un fuerte componente de fanatismo, que la época de las redes sociales no hace más que reforzar. La estigmatización del adversario, la transformación del adversario en enemigo, y la señalización como traidores aquellos que acuerdan en algo con nuestros adversarios, vuelve muy difícil la construcción de salidas a la crisis económica y política, convirtiendo las sucesivas alternancias políticas en un péndulo destructivo. Hace muy difícil establecer políticas de estado, que necesitan de un consenso importante, incorporar opiniones ajenas o corregir las propias.

La rehumanización del que piensa distinto, del diferente, del que vota otras opciones que las nuestras, del que opina de otra manera, es una faceta central en la cultura democrática.

Necesitamos salir del blanco o negro y poder mirar los grises y escuchar más allá de las burbujas polarizantes de las redes sociales. Necesitamos salir de la intolerancia, los fanatismos y las estigmatizaciones de los “traidores”.

Nada bueno puede venir de una sociedad donde una mitad de la población es enemiga de la otra mitad, y considera traidores aquellos que no ven que todo lo que hace un gobierno esta bien, o que todo está mal.

Daniel Lutzky es sociólogo y politólogo Director Estrategias de Comunicación.

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